sábado, 23 de agosto de 2008

"El puente sobre el río del búho" de Ambroise Bierce


La economía de las invenciones humanas es algo que realmente sorprende. Quizá no sorprenda a todos, pero a mi sí. Me refiero a la maravilla de la multi-utilidad que el hombre le sabe dar a la misma cosa. Un claro ejemplo es la finalidad de los puentes, que unen y desunen. Puede esto ser una manifestación más entre el millar que ya conocemos de que las cosas poseen en su mismo ser dos características opuestas.

Los puentes inclusive adquieren características humanas. Se tornan bondadosos cuando sortean las dificultades propias de un río turbulento, o quizá profundo, o incómodo, o no cómodo para la calidad de vida de una población humana. El puente que se construye es casi heroico cuando logra que un grupo de niños llegue a la escuela sin tener que mojarse hasta el cuello. Para eso es que se hacen puentes.

Una vez establecido en su bonanza unitiva, como toda creación humana, puede usarse con otra finalidad, inclusive contraria a la primitiva.

De una manera misteriosa, el suicida o el condenado encuentran en el puente un trampolín que actúa como propulsor y como tijera. Cuando nos arrojamos desde un lugar alto hacia otro, nos sentimos miedosamente vivos. Este trampolín corta el hilo que une al futuro difunto con la vida resaltadamente vital sentida desde el salto.

Potencialmente ahorcados, o quizás ahogados por el peso de una piedra amarrada a su cuerpo, o quizás movidos por el peso de la angustia, recorren desde el apoyo en un espacio específico del puente hasta la abolición sensorial producida por la muerte, una especie de camino.

Estoy casi instintivamente segura de que este trecho debe estar impregnado de lo que hace al hombre propiamente hombre, o sea de pensamientos.

Siempre creí en esto, aunque nunca supe de que estarían formadas esas imágenes, si de recuerdos de la infancia, de alucinaciones, de extractos sensitivos de ese momento que está aconteciendo…

Puede parecer iluso de mi parte, pero también creo que la gente no sufre al morir. Suena extraño, pero lo creo. Supongo que el itinerario recorrido por el futuro muerto, debe de dolerle y demasiado. Pero creo también que en un punto ese dolor debe parar. Me imagino algo así como un bloqueo sensorial. Como si las células del sistema nervioso cargadas vitalmente de eléctrica energía bajaran su tensión acrecentada por el dolor e introducirían en un letárgico estado. Quizá sea un consuelo, quizá no. No lo sé y tampoco quiero saberlo. Me encanta mi ignorancia respecto al tema y las telas cargadas de imaginación que me produce. Creo que es uno de los pocos temas que me dejan libertad para pensar lo que yo quiera, o lo que yo sienta, o lo que a mi me gustaría que sea.

De todo esto, creo comprender ciertamente algo. Todo lo que el hombre hace mediante la capacidad que le es propiamente suya, mediante el pensamiento, responde al instinto más básico, el de supervivencia, inclusive estando colgado de una soga atada el cuello, pendulando entre la vida y la muerte.

Entre lo alto y lo bajo, siempre se tiñen de múltiples maneras, las diferencias propias.

Las pirámides construidas por diversos pueblos con la pretensión de llegar al cielo, evidencian la unión con lo religioso y la mediación de la altura para ello. Lo bajo es lo caótico, el río cambiante e infinitamente fluyente.

El puente sortea gracias a su altura y a su estructura apolínea, las vicisitudes locas del río. El punto de intersección entre la vida alta y la muerte baja podría ser el botón que activa y desactiva la misteriosa experiencia de morir.

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